Venecia falsa construida mejor que la original: canales con góndolas, frescos en los techos, habitaciones que son suites mínimas de sesenta y cinco metros cuadrados. El Venetian es el argumento más serio que Las Vegas ha hecho para la simulación como categoría estética propia. No es que haya tomado Venecia y la haya copiado mal: es que la ha tomado y la ha mejorado según sus propios criterios, que incluyen aire acondicionado, accesibilidad y ausencia de marea alta.
Los techos pintados del casino y del Gran Canal Shoppes son trabajo real de artistas reales. El trampantojo es imperfecto de cerca, como todos los trampantojos, pero la escala del conjunto produce un efecto que no se consigue sin inversión seria. Las góndolas en los canales interiores son una atracción legítima: el gondoliere canta, el recorrido tiene duración real, y el agua es agua, aunque venga de un sistema de filtración.
Las habitaciones del Venetian, las que llaman estándar, tienen el tamaño que los hoteles de lujo de otras ciudades reservan para sus suites. El espacio no es simulado: los metros cuadrados son metros cuadrados. Esto no es accidental sino parte del posicionamiento original del hotel, que quiso diferenciarse del Strip en el único aspecto donde la diferencia es difícil de discutir.
El Venetian tiene la contradicción central de Las Vegas llevada al extremo. Es una copia de algo real que lleva siglos siendo uno de los destinos más visitados del mundo, construida en una ciudad que nunca existió de forma orgánica. La Venecia original tiene problemas de conservación, turismo excesivo y residentes que se marchan. La Venecia de Las Vegas no tiene ninguno de esos problemas porque nunca tuvo residentes.
El Venetian es el simulacro perfecto en el sentido más técnico: una copia sin original al que rendir cuentas. Puedes debatir si eso es fascinante o perturbador. Lo que no puedes debatir es que está bien hecho.