El cementerio de los letreros de neón de los casinos demolidos. El Neon Museum guarda en un solar al norte del Downtown los restos luminosos de la historia de Las Vegas: el Stardust, el Sands, el Moulin Rouge, el Sahara. Son objetos que midieron diez o quince metros cuando estaban en activo, que consumían corriente suficiente para iluminar un bloque, y que ahora están apoyados unos contra otros esperando que alguien los mire.
Las visitas nocturnas son las que tienen sentido. De día, los letreros son chatarra pintada, estructuras metálicas con tubos de gas que ya no encienden. De noche, los que siguen funcionando hacen lo que siempre hicieron: llamar la atención, prometer algo, competir con todo lo que hay alrededor. La diferencia es que ahora lo que los rodea es silencio en lugar de otros letreros.
El neón como técnica es simple: gas noble en un tubo de vidrio al que se aplica corriente eléctrica hasta que emite luz. Los colores dependen del gas y del vidrio. Es una tecnología de principios del siglo veinte que Las Vegas adoptó con una intensidad que no encontró en ninguna otra ciudad americana, hasta el punto de que el neón se convirtió en el lenguaje visual de la ciudad por encima de cualquier otro elemento arquitectónico.
Los letreros del museo tienen nombre de casinos que la mayoría de los visitantes actuales no conocen porque cerraron antes de que llegaran. Pero los que llevan décadas siguiendo Las Vegas los reconocen como se reconocen los nombres de una historia familiar: con la mezcla de nostalgia y saber que esos lugares eran exactamente lo que eran, ni mejores ni peores que lo que vino después.
El Neon Museum es el único lugar en Las Vegas donde el tiempo funciona hacia atrás de forma explícita. En el Strip todo se renueva para que parezca que siempre ha sido así. Aquí los letreros son exactamente lo que son: los restos de versiones anteriores de la misma ciudad.