La leyenda del buffet de Las Vegas murió en 2020 y no ha vuelto. Durante décadas, el buffet fue el símbolo de la ciudad: abundancia ilimitada a precio irrisorio, el gancho que justificaba el viaje antes de sentarse a las mesas. Los casinos lo usaban como pérdida calculada para atraer clientes que luego se quedaban a jugar. Cuando llegó la pandemia y cerraron los comedores, muchos casinos hicieron los cálculos y decidieron que la pérdida ya no era calculada.
Los que sobreviven son sombras del original. Los precios subieron hasta el punto de que la promesa de la abundancia barata dejó de ser creíble, y la calidad de la comida no subió en proporción. Lo que queda es la forma sin el fondo: mesas largas, fuentes calientes, cola para servirse, pero sin la sensación de haber ganado algo por solo aparecer.
El buffet clásico de Las Vegas era una institución americana específica: la democratización del exceso. Cualquiera podía comer como un rey durante dos horas por el precio de un plato en un restaurante mediocre. Eso tenía coherencia interna con el resto de la ciudad, con la idea de que aquí los ricos y los no ricos comparten el mismo espacio, que todo el mundo tiene las mismas fichas al empezar.
Lo que nadie dice es que el buffet también era un ritual social. Familias completas, grupos de amigos, parejas de mediana edad en escapada de fin de semana: el comedor era el único momento del día sin tragaperras ni distracciones, donde la gente simplemente comía junta. Perderlo no es solo perder un negocio; es perder un lugar donde sentarse.
La desaparición del buffet barato dice algo sobre lo que Las Vegas quiere ser ahora. La ciudad ha decidido apostar por el lujo de marca, por los restaurantes con nombre de chef y por el precio como señal de estatus. Es una elección válida. Pero algo del pacto original se rompió con ella, y el visitante que llega esperando la ciudad que existía hace veinte años lo nota.