Dubai no es un destino final para quien vive aquí. Es una base, una plataforma, un lugar desde el que ir a otros sitios. Y uno de esos sitios, para los que pueden permitírselo, son las Maldivas: cuatro horas de vuelo, resort de bungalows sobre el agua, desconexión total. El turismo de proximidad del Golfo tiene una escala que cuesta imaginar desde Europa.
Las Maldivas reciben una parte significativa de sus visitantes desde los países del Golfo. Familias emiratíes, kuwaitíes, saudíes que escapan del calor del verano o de la densidad de sus propias ciudades. La relación entre Dubai y las Maldivas es casi la que existe entre una ciudad europea y su costa más cercana, solo que aquí el avión sustituye al coche.
El tipo de viaje que se hace desde Dubai a las Maldivas tiende al resort aislado, al todo incluido de precio alto, al bungalow con piscina privada. No es turismo de exploración: es turismo de extracción del mundo exterior. En ese sentido es coherente con la lógica de Dubai, donde el lujo también tiende a ser hermético.
Hay algo revelador en que los residentes de una ciudad con playas y resorts de nivel mundial viajen a otra playa todavía más aislada para descansar. Sugiere que lo que buscan no es el mar en sí sino la distancia: de las obligaciones, de los contactos, de la ciudad que nunca para. Las Maldivas son el fuera de cobertura que Dubai no puede ofrecer porque Dubai siempre está encendido.
El destino de vacaciones dice más de una ciudad que cualquier guía oficial. Que Dubai vuele a las Maldivas a descansar del espectáculo con más espectáculo es una paradoja que la ciudad sostiene sin aparente ironía, y quizás en eso radica su coherencia más profunda.