En naves industriales de Al Quoz, a veinte minutos del centro, galerías como The Third Line o Carbon 12 llevan años apostando por arte de Oriente Medio, Asia Central y el sur de Asia. No es un barrio de galerías en el sentido europeo del término: Al Quoz sigue siendo una zona industrial con talleres mecánicos y almacenes, y eso es exactamente lo que hace que funcione.
Las galerías de Alserkal Avenue no son sucursales de ferias internacionales, aunque también aparezcan en esas ferias. Son espacios con criterio propio que han construido relaciones con artistas de Irán, Pakistán, Líbano, Egipto o los propios Emiratos durante años. En el mercado del arte global eso tiene un valor que no siempre está en el precio de las obras.
El modelo funciona en parte porque Dubai tiene dinero y coleccionistas, y en parte porque la ciudad ocupa una posición geográfica que permite conectar mercados que de otro modo no hablarían entre sí. Un galerista de Beirut, un coleccionista de Mumbai, un artista de Teherán: en Dubai pueden coincidir sin que ninguno tenga que hacer un viaje imposible.
El inconveniente es que la escena es pequeña y a veces parece más un club que un ecosistema. Las inauguraciones tienen siempre las mismas caras, los mismos circuitos, las mismas conversaciones. La diversidad geográfica de los artistas no siempre se traduce en diversidad de los que miran y compran.
El arte serio en una ciudad construida sobre el espectáculo siempre tiene algo de acto de resistencia. Alserkal Avenue no es perfecto ni está al margen del mercado, pero es uno de los pocos lugares en Dubai donde alguien se ha tomado la molestia de construir algo con memoria y con intención de largo plazo.