A las ocho de la mañana, en el mercado, eligiendo entre veinte guisados: los tacos de guisado del mercado Medellín son el desayuno que la Roma Norte no ha perdido todavía, la práctica diaria que coexiste con los brunchs de cien pesos el huevo sin que nadie haya resuelto la contradicción.
El guisado es una categoría amplia: lo que lleva horas cocinándose, lo que se hace con lo que quedó de ayer, lo que la señora decidió poner esta mañana. Hay huevo con frijoles, hay rajas con crema, hay picadillo, hay chicharrón en salsa verde. La tortilla llega caliente del comal y el guisado va encima y eso es todo.
El mercado de Medellín tiene sus propias dinámicas internas: los puestos de fruta, las carnicerías, las flores, los productos que en cualquier supermercado costarían el doble y aquí tienen el precio que corresponde al intermediario que no existe. Y los guisados de la mañana, que funcionan con una lógica de rotación y frescura que ningún restaurante puede replicar.
La decisión de elegir entre veinte guisados a las ocho de la mañana cuando todavía no se está del todo despierto y la señora espera con la cuchara en la mano es una de esas situaciones que definen el carácter de alguien. Pedir lo que ya se conoce o señalar lo que no se identifica y ver qué pasa.
Los tacos de guisado del mercado a las ocho son la respuesta más honesta a la pregunta de qué come la ciudad cuando nadie la está mirando. Cuestan lo que corresponde, están buenos de la manera en que está bueno lo que se hace sin pretensiones, y cuando terminas entiendes por qué esta ciudad funciona a la hora que funciona.