A 2.200 metros en Chiapas, con colectivos tzotziles y café de altura en cada esquina: San Cristóbal de las Casas es el punto de entrada a un mundo que existe en paralelo al México mestizo de Ciudad de México y que lleva siglos resistiendo con una terquedad que no admite romanticismos fáciles.
La ciudad colonial tiene sus propias contradicciones: es hermosa de manera objetiva, con sus fachadas pintadas y su Plaza Mayor y sus iglesias que dominan el paisaje desde las lomas, y también es el escenario de tensiones sociales que llevan décadas sin resolverse. El turismo vive en la capa de encima; lo demás requiere más tiempo y más atención.
Los mercados del centro, sobre todo los de los sábados cuando bajan las comunidades indígenas del altiplano, son uno de los contextos de mayor densidad cultural que puede encontrarse en México. Las mujeres tzotziles con su indumentaria tradicional no vienen para que nadie las fotografíe; vienen a vender y a comprar y a hacer vida comunitaria.
El café de la región es de los mejores del país, cultivado en fincas de altitud que tienen condiciones climáticas excepcionales. Que haya una cafetería de especialidad cada cien metros en el centro turístico de San Cristóbal es una paradoja que el caficultor que vive en las montañas resuelve de manera sencilla: él vende, ellos cobran.
San Cristóbal es uno de esos lugares que requiere honestidad sobre lo que uno va a buscar. Si lo que se busca es la postal colonial con buen café, está disponible sin dificultad. Si lo que se busca es entender algo del México indígena contemporáneo, eso requiere más tiempo, más escucha y la disposición a no entenderlo todo.