Una hora de avión. Eso es lo que separa Ciudad de México de Oaxaca, y también todo lo demás: la altitud, el ritmo, la manera en que el tiempo se mueve cuando la ciudad tiene escala humana y las calles son de piedra y no hay manera de ir a ningún lado muy deprisa.
Oaxaca es la escapada que los chilangos hacen cuando necesitan recordar que hay un país fuera de la megalópolis. No van a desconectarse, porque llevan el teléfono y las reuniones siguen y las notificaciones no paran; van a reajustar la percepción, a comer mole negro que tardó días en hacerse, a beber mezcal de un productor que vive a cuarenta minutos del centro.
La ciudad de Oaxaca tiene sus propias dinámicas turísticas y sus propias tensiones: el mercado de artesanías que ya sabe cuánto paga un europeo por un tapete, el restaurante con reserva de un mes de espera, el barrio que se está transformando. Pero tiene también una densidad cultural propia que no necesita el turismo para existir.
Las comunidades del Valle Central, los mercados de Tlacolula o Etla, los mezcales de Miahuatlán o San Luis del Río: hay un Oaxaca fuera del Oaxaca que aparece en las guías de viaje, y ese es el que los que repiten van a buscar. Requiere más tiempo del que una escapada de fin de semana suele dar.
Oaxaca no es un destino que se resuelva en dos noches, aunque dos noches sean suficientes para entender por qué es necesario volver. La primera vez uno llega con prisa y se va con la sensación de haber arañado la superficie. El plan es irse con esa sensación y volver con más tiempo.