Debajo de la Catedral Metropolitana está Tenochtitlán. No como metáfora, no como concepto arqueológico abstracto: literalmente, a pocos metros de profundidad bajo el Zócalo, están las piedras de la ciudad que existía antes de que otra ciudad la aplastara y construyera encima.
El Templo Mayor fue descubierto de manera fortuita en los setenta cuando unas obras encontraron lo que nadie esperaba encontrar en ese punto exacto. Desde entonces las excavaciones han ido revelando capas sucesivas de construcción, porque los aztecas tenían la costumbre de construir nuevos templos sobre los anteriores, y cada capa nueva enterraba pero conservaba la anterior.
El museo que flanquea las ruinas es uno de los mejores de México en organización y en honestidad museográfica. Las piezas no se exhiben como objetos bellos sino como objetos con función: sacrificial, ritual, política. El monolito de Tlaltecuhtli, descubierto ya en el siglo XXI, es uno de los mejores argumentos para visitar el museo antes que las ruinas.
La Catedral Metropolitana al lado, construida en parte con piedras del Templo Mayor demolido, es el dato que más cuesta digerir. No es una ironía histórica decorativa sino la descripción exacta de lo que fue la conquista: una civilización desmontada piedra a piedra y vuelta a montar en una forma diferente.
Estar en el Templo Mayor y mirar hacia la Catedral es uno de los ejercicios de comprensión histórica más físicos que ofrece cualquier ciudad del mundo. La distancia entre ambos edificios es de metros; la distancia entre lo que representan requiere más tiempo del que la mayoría de visitas permiten.