Mariscos de Veracruz, cocina de producto sin pretensiones de alta cocina, luz natural que entra por los ventanales: Contramar lleva años siendo el restaurante al que todo el mundo quiere ir y al que hay que reservar con una semana de antelación un martes a mediodía, que dice mucho sobre la distancia entre lo que promete y lo que entrega.
La tostada de atún rojo y la tuna tartare son los platos que más aparecen en las fotografías de las redes, y son genuinamente buenos. Pero Contramar funciona mejor como experiencia completa que como plato suelto: la sala larga, las conversaciones cruzadas, el ritmo que llevan los meseros que llevan años ahí y conocen la cadencia exacta.
El restaurante está en la Roma Sur, no lejos del parque, y tiene ese tipo de ubicación que no se anuncia pero que todos encuentran. Gabriela Cámara lo abrió pensando en una cocina directa, sin rodeos: producto bueno, técnica limpia, nada que se interponga entre el pescado y quien lo come.
Lo que el éxito ha añadido es la carga de las expectativas. Quien llega habiendo leído demasiado sobre Contramar puede decepcionar la experiencia antes de que llegue el primer plato. Los que van sin saber muy bien qué hay suelen salir más contentos, porque la cocina de producto funciona mejor cuando la cabeza no está interfiriendo.
Contramar es un restaurante que hace bien lo que se propone y que el ruido que genera alrededor no le ha estropeado la brújula. Eso, en una ciudad con la densidad gastronómica de esta, ya es un mérito que no hay que inflar.