Art Déco reconvertido en la Colonia Condesa: el hotel Condesa DF ocupa una villa de los años treinta frente al Parque España y lleva desde su apertura recibiendo a gente que viene a la Ciudad de México dispuesta a pagar por vivir en el barrio correcto. El edificio es genuino; la actitud, diseñada.
La terraza es el corazón del hotel y también su escaparate. Los cócteles son buenos, el DJ a ciertas horas es tolerable, la vista sobre la Condesa funciona. Lo que resulta menos negociable es que la terraza está pensada para verse y para ver, que es una función legítima aunque haya que reconocerla como tal.
La Condesa tuvo su propio terremoto en los ochenta y su propia reconstrucción. Los jacarandás de Ámsterdam no han cambiado, los perros tampoco —el barrio tiene una concentración de perros bien cuidados que dice mucho sobre quién vive aquí—, y la arquitectura Art Déco superviviente es de lo mejor que tiene la ciudad.
Quedarse en el Condesa DF significa estar en el barrio más cotizado de la ciudad a precio de boutique hotel. Lo que se compra es la ubicación y la estética: poder salir a pie a los restaurantes de Tamaulipas, caminar el parque por la mañana, vivir la Condesa sin el tráfico que la ahorca en hora punta.
El Condesa DF es honesto en lo que ofrece: un escenario bien mantenido en el barrio que la gente del mundo quiere habitar cuando viene a esta ciudad. La pregunta no es si el escenario es real, sino si lo que uno busca es el escenario o el barrio. Son cosas distintas.