Art Déco en las fachadas, tamales en la esquina, galerías en los patios interiores: la Colonia Roma Norte no es un barrio que haya elegido ser así; es el resultado de capas históricas que nadie limpió del todo y que conviven con una incomodidad productiva. Antes del terremoto del ochenta y siete era clase media consolidada. Después fue otra cosa.
Las fachadas Art Déco de Orizaba y Álvaro Obregón llevan el barniz de un siglo que pensó en grande y luego tuvo que adaptarse. Las familias que las habitaron se fueron en algún momento; los apartamentos se dividieron, se subdividieron, se transformaron. Lo que quedó es esa arquitectura soberbia habitada de manera provisional, que es exactamente la condición de la Roma Norte.
La gentrificación llegó hace años y el barrio lo sabe. Los precios del café subieron, llegaron los coworkings y las tiendas de plantas de diseño y los restaurantes con carta en inglés. Y sin embargo la Roma Norte no se rindió del todo porque tiene la densidad suficiente para absorber tendencias sin que estas lo definan completamente.
Lo que hace que el barrio siga siendo interesante es la coexistencia sin solución. El mercado de Medellín aguanta, los tamaleros de madrugada también, el señor que arregla paraguas en la acera frente a la galería de arte contemporáneo también. Nadie ha resuelto la contradicción porque nadie tiene autoridad para hacerlo.
La Roma Norte es un barrio que se está negociando en tiempo real, y eso es lo único que la convierte en algo que merece atención. Cuando termine la negociación y gane un solo bando dejará de ser interesante. Por ahora todavía no.