Ricardo Legorreta diseñó el Camino Real en 1968 con una convicción que hoy cuesta encontrar en la arquitectura hotelera: que los colores no son decoración sino estructura. El amarillo intenso, el rosa, el morado que aparece en los muros interiores no son elecciones de paleta sino afirmaciones sobre lo que es México, o sobre lo que Legorreta creía que debía ser.
El vestíbulo principal es una de esas experiencias arquitectónicas que no se explican bien en fotografía. La luz entra oblicua, los volúmenes se cortan entre sí, y el agua que corre por los canales interiores hace un sonido que baja la frecuencia cardíaca antes de que uno se dé cuenta. No es un hotel que pida admiración: es un edificio que simplemente ocurre alrededor de quien lo habita.
En 1968 Ciudad de México era otra ciudad, y Polanco era otro barrio. El hotel se inauguró el mismo año que los Juegos Olímpicos, en un momento en que México intentaba proyectar modernidad hacia afuera y Legorreta apostó por una modernidad de raíces propias, no copiada de Mies ni de Corbusier sino nacida de los conventos coloniales y las casas de adobe.
Hoy Polanco es el barrio más caro de la ciudad, lleno de restaurantes con lista de espera y boutiques que venden la misma ropa que en cualquier capital del mundo. El Camino Real ha sobrevivido a todos esos ciclos sin necesitar redecoración porque su arquitectura no es de su época: es de su lugar.
Quedarse aquí no es alojarse en un hotel, es habitar una tesis sobre lo que puede ser la identidad arquitectónica de un país. Legorreta murió convencido de que los colores del México popular tenían la misma legitimidad que el hormigón brutalista europeo. Este edificio sigue siendo su argumento más contundente.