La plaza más bonita de la Ciudad Amurallada tiene los restaurantes con peor relación calidad-precio de Colombia. No es una exageración: la plaza de San Pedro Claver tiene una arquitectura extraordinaria, una escala humana que los restaurantes aprovechan para poner sus mesas en la calle, y unos precios que solo se explican por la renta de la ubicación.
El mecanismo es el siguiente: los restaurantes pagan alquileres que reflejan el valor del suelo más visitado de Cartagena. Esos alquileres se trasladan a los precios. Los turistas pagan los precios porque están en la plaza más bonita de la Ciudad Amurallada y porque ya han calculado que Cartagena es cara. Nadie en la cadena tiene incentivo para cambiar nada.
La comida que sirven no es mala en términos absolutos. Es comida colombiana razonablemente ejecutada, servida con rapidez porque la rotación de mesas es la que da rentabilidad, en un contexto físico que hace que cualquier cosa sepa mejor de lo que sería en un local sin historia. El problema es que el precio no corresponde a la comida sino al espacio, y el espacio no es del restaurante.
Los que comen bien en Cartagena lo saben: los restaurantes con mejor cocina y mejor precio están en calles secundarias de la Ciudad Amurallada o en Getsemaní, sin vistas a ninguna plaza fotogénica. La geografía de la buena mesa en esta ciudad es inversamente proporcional a la visibilidad del local.
La plaza de San Pedro merece ser caminada, sentada y observada, preferiblemente sin pedir nada en los restaurantes que la bordean. Que la arquitectura sea extraordinaria no convierte la carta en una buena inversión. Toma un café si necesitas la excusa para quedarte, pero come antes o después, en otro sitio, donde el precio tenga alguna relación con lo que hay en el plato.