No es un bar. La plaza de la Trinidad en Getsemaní es una plaza, y esa distinción importa más de lo que parece. Lo que ocurre aquí —la gente que saca sillas, los que traen su propia bebida del supermercado de la esquina, los niños que juegan mientras los adultos hablan— no es una oferta de ocio sino el uso normal de un espacio público por parte de la gente que vive alrededor.
Las sillas son el elemento central. No hay terraza delimitada ni servicio ni consumición mínima. La gente llega, arrastra una silla plástica del bar más cercano con el acuerdo tácito de pedir algo eventualmente, y ocupa el espacio hasta que decide que ya es hora de irse. Esa informalidad del pacto es lo que hace que la plaza funcione: nadie controla el territorio, nadie cobra por estar.
La iglesia de la Trinidad preside la plaza con la autoridad desganada de un edificio que lleva siglos presenciando todo sin opinar. Las paredes del barrio alrededor tienen murales de distintas épocas y distintos autores: algunos cuentan la historia del barrio, otros son intervenciones de artistas que pasaron, otros son publicidad pintada. El conjunto es caótico y coherente a la vez.
El turismo ha llegado a la plaza y ha cambiado la composición del público sin cambiar del todo la dinámica. Los bares que bordean el espacio tienen ahora precios que reflejan la demanda nueva. Los cartageneros del barrio que venían porque era barato y cercano han encontrado que las dos condiciones han cambiado. El equilibrio que había se está renegociando.
La plaza de la Trinidad es un indicador en tiempo real del estado de la ciudad. Cuando el barrio era solo del barrio, era un espacio de uso cotidiano. Ahora es un espacio de uso cotidiano y de consumo turístico a la vez, y la tensión entre los dos usos es visible en el precio de la cerveza y en quién está sentado en las sillas a las once de la noche.