La escultura de la Mujer Recostada en la plaza de Santo Domingo lleva décadas siendo el centro gravitacional de la Ciudad Amurallada. No porque sea la mejor escultura de Botero —hay criterios para ese debate— sino porque ocupa una plaza que ya de por sí era el lugar donde la gente se sentaba al fresco, y la escultura le dio un nombre y un punto de referencia que la hizo todavía más plaza.
Botero es el artista colombiano más conocido fuera de Colombia, lo cual dentro de Colombia genera una relación ambivalente. Su estética —la volumetría exagerada, las figuras que pesan más de lo que el mundo real permite— es inmediatamente reconocible y eso la hace reproducible en miles de souvenirs. El original y la copia comparten la misma forma aunque no el mismo material ni el mismo sentido.
La plaza de Santo Domingo tiene una de las fachadas coloniales más trabajadas de la ciudad: la iglesia que le da nombre tiene una historia arquitectónica compleja, con añadidos de distintas épocas que se pueden leer en la piedra si sabes mirarlos. La escultura de Botero convive con eso sin tensión aparente, aunque los dos lenguajes —el barroco colonial y el volumen contemporáneo— no tengan nada en común excepto la escala.
Los turistas se fotografían con la escultura en poses que ya son convencionales: la mano en el glúteo, el abrazo imposible, la cara junto al bronce. Botero sabía que sus esculturas en espacio público generarían ese tipo de relación y parece que lo aceptó como parte del trato. Las esculturas en plazas no son de los museos, son de quien las habita.
La Mujer Recostada es ya inseparable de la plaza de Santo Domingo y la plaza de Santo Domingo es ya inseparable de la Ciudad Amurallada. Que el turismo la haya convertido en icono no le resta nada a lo que es como objeto: un volumen de bronce que domina el espacio sin esfuerzo aparente y que resiste mejor que muchas esculturas más ambiciosas la prueba de estar al aire libre, bajo el sol del Caribe, año tras año.