García Márquez nació de Mompox aunque sea de Aracataca. La ciudad que describe en sus novelas tiene más de Mompox que de ningún otro lugar: el calor inmóvil, las casas con los patios hacia el río, el tiempo que avanza de otra manera, la sensación de que los muertos y los vivos comparten el mismo espacio sin que nadie se moleste en separar los dos mundos. Mompox es la ciudad en que el realismo mágico tiene domicilio físico.
Está a varias horas de Cartagena, dependiendo de cómo vayas, y el trayecto forma parte del destino. La distancia que pone entre el viajero y la costa es también una distancia temporal: a medida que te alejas del mar y entras al interior por el río Magdalena, la Colombia que conocen los turistas de Cartagena desaparece y aparece otra que tiene sus propios ritmos y sus propias lógicas.
La ciudad colonial de Mompox —patrimonio mundial desde hace décadas— conserva su trazado y su arquitectura con una integridad que la Ciudad Amurallada de Cartagena ya no puede tener, precisamente porque el turismo masivo no llegó aquí con la misma intensidad. La dificultad de acceso funcionó como protección involuntaria.
La filigrana de Mompox —la joyería en oro y plata trabajada a mano con técnicas que llevan siglos en las mismas familias— es el producto local que más fama tiene fuera de la región. Los talleres donde se hace siguen en las mismas calles que hace generaciones. El turismo cultural que llega a verlos es escaso pero selecto, y los artesanos lo saben.
Mompox es el viaje que hay que hacer desde Cartagena aunque resulte incómodo y aunque nadie del hotel lo recomiende. No porque sea pintoresco —aunque lo es— sino porque pone en perspectiva lo que Cartagena fue antes de que el turismo decidiera qué quería que fuera. Una ciudad con río, calor y el tiempo organizado de otra manera. Eso no se olvida fácilmente.