Veintisiete islas coralinas a cuarenta y cinco minutos en lancha. En teoría, las Islas del Rosario son el antídoto a Bocagrande: agua clara, coral vivo, palmeras, el Caribe de la postal. En la práctica, la distancia entre la teoría y la realidad depende enormemente de adónde vayas dentro del archipiélago y con quién vayas.
Los tours masivos salen cada mañana del muelle de Cartagena con lanchas que llevan cincuenta personas hacia las mismas dos o tres playas, donde hay más lanchas y más personas y puestos de comida y vendedores de collares. El agua sigue siendo más clara que en Bocagrande. El coral, en las zonas más concurridas, ha sufrido décadas de pisadas accidentales, anclas mal echadas y bloqueador solar.
Las islas privadas —las que tienen resort o acceso restringido— operan con otra lógica. El aislamiento que ofrecen es real pero tiene un precio que las convierte en un producto diferente, dirigido a un segmento que Cartagena conoce bien: el turismo de alto poder adquisitivo que viene a ver Colombia sin mezclarse demasiado con Colombia.
El Parque Nacional Natural Corales del Rosario existe sobre el papel con todas las restricciones que implica una zona de protección marina. En la práctica, la gestión de esas restricciones en un archipiélago con tanta presión turística es un ejercicio de equilibrio permanente entre la conservación y los intereses económicos de los operadores que llevan décadas trabajando aquí.
Las Islas del Rosario son exactamente lo que parecen y exactamente lo que no parecen, dependiendo de cómo llegues. El coral, cuando lo ves intacto desde la superficie, justifica el viaje. El Caribe de verdad sigue ahí para quien busca la orilla menos pisada, aunque encontrarla requiere más investigación de la que permite una búsqueda rápida en cualquier plataforma.