Un convento de clarisas del 1621 convertido en hotel. La transformación es tan radical en términos de función y tan mínima en términos de estructura que hay momentos dentro del Sofitel Santa Clara en que el edificio se impone sobre el hotel como si el convento recordara lo que fue y el hotel apenas lo tolerara. Los pasillos tienen una anchura que no responde a la lógica hotelera. Los patios son demasiado silenciosos para ser decorativos.
Las clarisas estuvieron aquí durante más de tres siglos antes de que el edificio cambiara de manos y de propósito. Eso es mucho tiempo para que un lugar acumule capas. La arquitectura colonial tiene esa capacidad: cada reforma deja algo atrás que la siguiente reforma no pudo o no quiso eliminar del todo, y el resultado es un palimpsesto que los hoteles de diseño construidos desde cero nunca tienen.
Quedarse aquí cuesta lo que cuesta un hotel de cinco estrellas en una ciudad caribeña con demanda turística alta. No es una sorpresa. Lo que sí puede sorprender es la discrepancia entre la magnificencia del edificio y algunos detalles del servicio, que oscilan entre la excelencia y la inconsistencia propia de operar en un contexto donde la logística tiene dificultades que los hoteles de las mismas cadenas en otras ciudades no tienen.
La piscina está donde estaban los huertos del convento. El bar está donde posiblemente había silencio. El spa ocupa lo que en otra vida fue espacio de retiro y contemplación. Hay algo levemente irónico en esa secuencia que el hotel gestiona con habilidad: nunca hace referencia directa a ello, prefiere quedarse en el registro de la historia arquitectónica y alejarse del de la historia espiritual.
El Santa Clara es el mejor hotel de Cartagena no porque el servicio sea impecable sino porque el edificio no puede ser reemplazado. Ese es su valor real y su ventaja competitiva irreproducible: cuatrocientos años de piedra que ningún presupuesto de construcción contemporáneo puede comprar.