Fuera de las murallas, históricamente pobre, hoy en transición. Getsemaní es el barrio que la ciudad colonial construyó para las personas que no podían vivir dentro de las murallas —por clase, por origen, por oficio— y que durante siglos fue exactamente eso: el otro lado. El lado que se veía desde arriba con condescendencia o no se veía en absoluto.
Caminar Getsemaní de día, fuera de las horas de más calor, es encontrar un barrio que todavía tiene la escala de lo que fue: casas de uno y dos pisos, calles donde caben dos personas y pasan motos, esquinas con tiendas que venden lo básico a precios que los locales pueden pagar. Esa escala está cambiando desde hace años pero no ha desaparecido todavía.
La plaza de la Trinidad es el corazón del barrio y también el punto de fricción más visible: el lugar donde se ve con más claridad quién estaba aquí antes y quién llegó después. Los murales en las paredes —algunos encargados por el barrio, otros por marcas que pagan por el espacio— cuentan versiones distintas de la misma historia dependiendo de quién los pintó.
El proceso que vive Getsemaní tiene muchos nombres y todos son aproximaciones. No es solo gentrificación porque el origen del barrio es demasiado particular. No es solo turismo porque la transformación viene también de capital local. Es una ciudad que finalmente voltea a mirar el barrio que ignoró durante siglos, y lo hace con los instrumentos que tiene: el dinero y el interés inmobiliario.
Getsemaní es el barrio más interesante de Cartagena precisamente porque todavía no ha terminado de decidir qué quiere ser. Esa tensión entre lo que fue y lo que le están haciendo ser es incómoda y es real, y esa incomodidad es más honesta que cualquier postal de la Ciudad Amurallada en hora azul.