La plaza de la Trinidad un viernes. Las sillas de plástico salen de los bares de la plaza y ocupan el espacio hasta que ya no hay espacio. La gente bebe cerveza fría o aguardiente dependiendo del presupuesto. La música de varios locales se mezcla sin que nadie haya coordinado nada. Es caótico y es exactamente lo que tiene que ser.
Getsemaní de noche funciona como los barrios populares latinoamericanos que descubren que su geografía informal es precisamente lo que les falta a los barrios ordenados: la posibilidad de que la gente esté en la calle, de que el espacio público sea realmente público, de que la noche no esté mediada por reservas y precios de copa mínima.
Eso ha atraído, en los últimos años, a una parte del turismo que busca algo más que la Ciudad Amurallada iluminada y las cenas con vista. Los bares de la plaza de la Trinidad tienen ahora precios que reflejan esa demanda nueva. No son los precios de antes, cuando el barrio era solo del barrio. Ese cambio es perceptible y sus consecuencias también.
Los vecinos más antiguos de Getsemaní tienen una relación ambivalente con lo que ha pasado. El barrio mejoró en algunas cosas que importan —seguridad, visibilidad, servicios— y empeoró en otras que también importan: el alquiler, el ruido, la proporción entre gente que vive aquí y gente que viene aquí de paso. Es la gentrificación en su forma más sencilla.
La plaza de la Trinidad un viernes sigue siendo un lugar donde vale la pena estar, pero ya no es exactamente lo que era. Lo que queda de original en esa energía es suficiente para justificar la visita. Lo que se ha perdido es suficiente para entender que estas cosas no duran indefinidamente en su forma pura, y que verlas cuando todavía existen es siempre una cuestión de momento.