Lleva décadas siendo «el mejor restaurante de Cartagena» en guías escritas por gente que no vuelve cada año. La reputación del Club de Pesca es en parte real y en parte el efecto de la inercia: una vez que un lugar aparece en suficientes listas, aparece en todas las listas, y la gente que lo visita llega con la convicción previa de que es bueno, lo cual facilita que así lo recuerde.
La ubicación ayuda. El restaurante está sobre el agua, en las antiguas murallas, con vistas a la bahía y a los barcos que entran y salen. Esa geografía hace que cualquier cosa que sirvan tenga mejor sabor que si la sirvieran en un local sin ventanas. El paisaje forma parte del plato, y no está mal.
El pescado y los mariscos que sirven son frescos porque en Cartagena sería difícil no serlo: el mar está a metros y los proveedores trabajan de noche. La pregunta es si la preparación y el precio están a la altura de la materia prima. La respuesta depende de con qué lo compares: con los restaurantes de la plaza de San Pedro, sí. Con lo que costaría la misma calidad en otros contextos, ya es otra conversación.
Los cartageneros que pueden permitírselo van al Club de Pesca en ocasiones especiales —cumpleaños, visitas de familia de fuera, reuniones que requieren un marco con peso. No van cada semana. Eso ya dice algo: es un sitio de acontecimiento, no de costumbre, y los sitios de acontecimiento tienen una relación diferente con la calidad que los sitios de costumbre.
El Club de Pesca merece la visita si entiendes que no vas a comer mejor de lo que podrías comer en un sitio sin nombre ni historia en el mercado de Bazurto. Lo que pagas de más es la vista, el servicio, la arquitectura y la tranquilidad de saber que el sitio existirá mañana. Eso tiene un precio y a veces vale la pena pagarlo.