Donde hoy hay un centro comercial hubo durante décadas el barrio más pobre de Cartagena, arrasado en los setenta. Chambacú existió en una isla que quedaba frente a la ciudad amurallada, separada por un caño, visible desde las murallas como un recordatorio permanente de lo que la ciudad oficial prefería no ver.
El barrio fue demolido para hacer espacio a algo que la ciudad consideraba más rentable o más presentable. Ese patrón —barrio popular mal ubicado, desde el punto de vista de la valorización, reemplazado por infraestructura o comercio— no es exclusivo de Cartagena, pero aquí tiene una ironía particular: la ciudad que más vende su patrimonio histórico colonial borró sin drama uno de los fragmentos más vivos de su historia reciente.
Antes de la demolición, Chambacú tenía una densidad de vida —y de miseria— que los cronistas de la época describieron con una mezcla de horror y fascinación. Era el lugar al que llegaban los desplazados del interior, los que no tenían otro sitio, los que construían sus casas sobre el agua con materiales de desecho. La ciudad los toleraba porque necesitaba su trabajo.
Hoy el nombre sobrevive apenas como referencia geográfica difusa. Los que lo recuerdan como barrio son cada vez menos. La tierra que ocuparon fue valorizada, vendida, construida. El centro comercial que ocupa parte de ese espacio no tiene ninguna placa, ningún gesto de reconocimiento hacia lo que hubo antes.
Chambacú es la historia que Cartagena no pone en los recorridos turísticos. No por falta de interés sino porque hablarla en serio obligaría a hablar de cómo la ciudad ha gestionado siempre a sus pobres: con una mezcla de negligencia calculada y desplazamiento oportunista que no encaja bien con el discurso del patrimonio mundial.