En la Ciudad Amurallada, en la calle Baloco, La Vitrola lleva años siendo el lugar donde Cartagena ensaya su versión de sí misma por las noches. Música en vivo, paredes del siglo XVIII, tragos largos y la ilusión de que el calor es parte del encanto. La fórmula funciona, y precisamente por eso conviene mirarla con un poco de distancia.
La cumbia y el porro que tocan los músicos son genuinos —los músicos saben lo que hacen— pero el público mayoritario que los escucha lo hace como escucharía a un grupo de jazz en un hotel de aeropuerto: con apreciación abstracta y sin ninguna conexión real con lo que significa esa música en su contexto. El local entiende el negocio y lo gestiona bien.
El bar ocupa una casa colonial con el patio abierto que permite respirar cuando afuera hay treinta y cinco grados. Eso no es poca cosa en Cartagena, donde la arquitectura funciona como sistema de climatización pasivo: los patios, las celosías, los corredores con corriente de aire. Los constructores del siglo XVII resolvieron el problema mejor que cualquier aparato.
Los cartageneros de la ciudad que van a La Vitrola suelen hacerlo para cenas de negocios, cumpleaños o para llevar a alguien que llega de fuera y al que hay que mostrar algo. Es decir, van como van los turistas, aunque los motivos sean distintos. El lugar les pertenece en teoría pero no en uso cotidiano.
La Vitrola es el bar que Cartagena pone delante cuando quiere gustar. Que quede claro que eso no es un defecto: es una función, y la cumple con competencia. Pero si buscas el bar donde Cartagena va cuando no intenta gustarle a nadie, tendrás que caminar más lejos y doblar por calles donde no hay señales turísticas.