Piazzolla Tango, El Viejo Almacén, Rojo Tango. Los nombres cambian pero el formato es el mismo: cena incluida o no, show de hora y media con bailarines profesionales, música en vivo o pregrabada, y un precio que cubre el coste de la producción más el margen de un negocio que sabe perfectamente a quién está vendiendo. Eso no convierte al show en una estafa; lo convierte en lo que es.
Los bailarines que trabajan en los shows de tango para turistas son en muchos casos profesionales formados, técnicamente competentes, que han elegido ese trabajo sobre otras opciones disponibles en la escena del tango. El espectáculo que producen está bien ejecutado y el turista que llega sin expectativas distintas de las que el show promete sale satisfecho.
El problema es la distancia entre el show y el tango. El tango es una conversación entre dos cuerpos que se improvisa en tiempo real sobre una música que ambos conocen. El show es una coreografía fija ejecutada para una audiencia que no participa. Las dos cosas tienen el mismo nombre pero son actividades completamente distintas.
Buenos Aires tiene una escena de tango real que funciona paralela a los shows y que no está diseñada para el visitante ocasional. Las milongas donde la gente baila de verdad tienen sus propias reglas, su propio código de invitación y su propio ritmo, que no coincide con los horarios ni con las expectativas del turismo.
Si quiere ver tango bien ejecutado, el show tiene su lógica; si quiere entender el tango, vaya a una milonga y siéntese a mirar durante dos horas sin intentar bailar. La diferencia entre observar y consumir se entiende mucho mejor desde una silla en la milonga que desde una mesa con menú cerrado.