Bariloche en invierno no es la Suiza argentina. La comparación es un invento del turismo y del marketing de una región que quería venderse a un mercado que entendía lo europeo mejor que lo patagónico. Los Andes del sur no se parecen a los Alpes: son más oscuros, más salvajes, con una vegetación de lengas y coihues que no tiene equivalente en ningún paisaje alpino, y el silencio que producen es de otro tipo.
La Patagonia real empieza donde termina la infraestructura turística, y eso en Bariloche ocurre relativamente pronto: unas horas hacia el sur por la Ruta 40 y el paisaje cambia de escala de manera que la palabra vacío empieza a tener un significado físico que las ciudades impiden experimentar. El viento en la estepa patagónica no es una metáfora del aislamiento; es el aislamiento mismo.
El turismo de aventura en Bariloche y sus alrededores está bien organizado y es técnicamente accesible para quien tiene experiencia media en montaña. Lo que no está en los folletos es que la montaña patagónica castiga con rapidez los errores de planificación: el tiempo cambia sin aviso, las distancias son mayores de lo que parecen en el mapa y la infraestructura fuera de los circuitos principales es escasa.
El invierno en Bariloche tiene esa calidad de lugar que todavía funciona para sus habitantes cuando los visitantes de temporada se han ido. Los pubs de la ciudad, los mercados, los comercios del centro tienen en julio un ritmo que en enero no es posible encontrar. Esa Bariloche de invierno es la que merece la visita.
La Patagonia no es un decorado y exige ser tratada con la seriedad que merece cualquier territorio que puede matarte si no le prestas atención. Vaya con tiempo, con equipo y sin la convicción de que la naturaleza tiene obligación de estar a su disposición: allá abajo el viento toma sus propias decisiones.