Mendoza — catorce horas en bus o noventa minutos en avión — Buenos Aires
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Mendoza

Las bodegas de Luján de Cuyo a las ocho de la mañana con los Andes al fondo.

Las bodegas de Luján de Cuyo a las ocho de la mañana con los Andes al fondo. Esa imagen tiene algo de irreal que se vuelve más real conforme uno la contempla: la cordillera actúa como un muro blanco a 4.000 metros que organiza el paisaje de una manera que no tiene equivalente en ningún otro lugar vitícola del mundo. Mendoza no se parece a ningún otro lugar donde se haga vino.

La ciudad de Mendoza tiene esa particularidad de las ciudades que existen para otra cosa: para el vino, para la montaña, para servir de base a quienes van a Aconcagua o a las bodegas. En sí misma es una ciudad ordenada, con arboledas y canales de riego, pero su sentido está afuera, en el territorio que la rodea.

Las bodegas de la zona tienen historias que van desde las grandes familias vitivinícolas que llevan más de un siglo en el negocio hasta los proyectos pequeños de productores que llegaron con capital y con ideas y encontraron en la altitud una manera de hacer vinos que no se parecen a lo que habían hecho antes. Ambas historias son legítimas y conviven en el mismo mapa.

El turismo del vino en Mendoza está muy bien organizado, quizás demasiado: los circuitos de bodegas tienen horarios, precios y degustaciones calibradas para el visitante internacional con tiempo limitado. El viajero que quiere salirse de ese circuito tiene que buscarlo activamente, pero existe una Mendoza menos producida para quien sabe dónde mirar.

Vaya en primavera o en otoño, cuando la luz en el viñedo tiene esa calidad particular que el verano aplasta y el invierno congela. Alquile una bicicleta, salga sin itinerario fijo y deje que la cordillera le indique por dónde no vale la pena ir: los Andes tienen esa cualidad de hacer que las decisiones pequeñas parezcan fáciles.

Ficha   Ciudad: Buenos Aires  ·  Categoría: Escapada  ·  Actualizado: 2026