Un teatro de ópera de 1919 convertido en librería. La frase suena bien en cualquier guía turística y por eso conviene detenerse en ella: el Grand Splendid es, efectivamente, uno de los espacios más hermosos de Buenos Aires, con sus palcos conservados, su telón de fondo y su cúpula pintada. El problema es que la belleza del contenedor ha terminado por eclipsar lo que debería ocurrir dentro.
La librería que ocupa el teatro tiene una selección correcta y unos precios razonables, pero el visitante que llega al Ateneo suele llegar a fotografiar el teatro, no a comprar libros. Eso se nota en la manera de moverse por el espacio: gente que levanta la cabeza para mirar la cúpula, que ocupa los palcos para hacerse fotos, que pasa entre las estanterías sin detenerse en los lomos.
El teatro fue inaugurado como sala de espectáculos y tuvo una vida plena antes de que el cine y luego las librerías ocuparan su espacio. Esa historia es real y vale la pena conocerla, pero requiere un esfuerzo que la mayoría de visitantes no hace: el edificio es suficientemente impresionante por sí solo para no necesitar más contexto.
Buenos Aires tiene librerías mejores para comprar libros, con catálogos más precisos y dependientes que leen. El Ateneo es insustituible como espacio, pero como librería funciona más como destino que como lugar de encuentro entre lector y libro. La diferencia entre los dos es considerable.
Véalo, porque merece verse, pero véalo sabiendo lo que es: un teatro sobrevivido a sí mismo que encontró en los libros una manera digna de seguir existiendo. Si además de mirar quiere leer, dedique tiempo a las librerías de barrio, que son donde la ciudad compra lo que va a leer de verdad.