No San Telmo ni Palermo. Boedo existe en el mapa emocional de Buenos Aires como el barrio que no cedió del todo al turismo ni a la gentrificación más agresiva, y eso lo convierte en algo cada vez más escaso: un barrio que todavía vive para quienes lo habitan. Las calles tienen ese ritmo de martes a las cinco de la tarde que ya no es común en los barrios que salen en las guías.
La identidad de Boedo está construida sobre el tango y sobre la literatura de izquierda de principios del siglo pasado, dos cosas que suenan a relato folclórico pero que aquí tienen peso real. Los cafés del barrio conservan esa atmósfera de conversación larga y opinión firme, donde la mesa se ocupa durante horas sin que nadie apure la cuenta.
El barrio tuvo su propia revista literaria y su propio grupo de escritores que discutían con los de Florida —el otro polo cultural de la ciudad— sobre qué debía ser la literatura argentina. Ese debate quedó en los muros, en la actitud, en cierta manera de tomarse en serio las cosas sin pedantería.
Hoy Boedo tiene bares nuevos y restaurantes que conocen bien lo que están haciendo, pero el barrio no se ha convertido en escaparate. Los comercios de siempre conviven con los locales recientes sin que unos hayan expulsado a los otros, al menos de momento. Es una convivencia incómoda pero todavía en pie.
Boedo es lo que Palermo fue antes de convertirse en marca registrada. Véalo antes de que alguien le ponga precio a esa calidad de vida, porque la ciudad tiene memoria corta para estas cosas y la especulación no distingue entre barrios auténticos y barrios construidos para parecer auténticos.