Tres horas de Bogotá. Esa distancia es suficiente para que Villa de Leyva funcione como destino de fin de semana para los bogotanos que necesitan salir sin ir lejos, y suficiente para que el viaje tenga peso propio. El trayecto por la carretera que baja desde el altiplano hacia el valle donde está el pueblo es parte de la experiencia.
La plaza mayor de Villa de Leyva es una de las más grandes de América Latina y está completamente empedrada. Eso produce una escala que en fotografía parece exagerada pero que en persona es simplemente exacta. Las casas coloniales que la rodean están en un estado de conservación que pocas plazas de su tipo pueden igualar.
El pueblo tiene el estatuto de monumento nacional, lo que impone restricciones sobre lo que se puede construir y modificar. Eso ha preservado la coherencia arquitectónica y ha frenado la especulación que destruyó otros centros históricos colombianos. También significa que hay partes del pueblo que funcionan como escenografía más que como tejido vivo.
La industria de fin de semana es visible: hoteles en casas coloniales, restaurantes con terrazas, tiendas de artesanía. Villa de Leyva sabe lo que vende y lo vende con eficiencia. El bogotano que llega busca exactamente eso: el descanso ordenado, la belleza sin esfuerzo, el contraste con la ciudad.
Villa de Leyva es lo que ocurre cuando un pueblo colonial sobrevive suficiente tiempo como para que la historia se convierta en patrimonio y el patrimonio en destino. Que sea un destino no lo hace menos auténtico: simplemente cambia quién decide sobre él.