Bogotá creció y se comió el pueblo de Usaquén. El proceso de absorción urbana lo dejó con su plaza central, su iglesia, sus casas bajas alrededor, y un entorno construido en las décadas siguientes que mezcla torres de apartamentos con centros comerciales sin que nadie haya resuelto del todo la contradicción.
La plaza de Usaquén el fin de semana tiene un mercado de pulgas que es uno de los más concurridos de Bogotá. La dinámica es conocida: objetos de segunda mano mezclados con artesanía nueva presentada como vintage, comida de todo tipo, gente que va a comprar y gente que va a pasear. El resultado es funcional y tiene más vida que muchos espacios diseñados expresamente para tenerla.
Los restaurantes alrededor de la plaza representan algunas de las mejores opciones de comida en Bogotá fuera del circuito de los grandes chefs. La zona tiene décadas de experiencia acumulada en servir a una clientela local con expectativas altas y sin paciencia para el turismo gastronómico de postín.
El barrio residencial que rodea la plaza es uno de los más cotizados de la ciudad. Casas con jardín, calles relativamente tranquilas, acceso al norte y a los centros financieros en tiempo razonable. La geografía urbana de Bogotá hace que el norte sea sinónimo de estrato alto, y Usaquén está en el extremo norte.
Usaquén es lo que queda de un pueblo cuando la ciudad llega y decide que tiene gracia. No es una tragedia ni una postal: es el resultado de cómo crecen las ciudades grandes cuando no tienen demasiado plan.