Trece salas, trece géneros, cinco mil personas. Los números son el argumento de venta de Theatron, y en este caso los números dicen algo real. No hay en América Latina otro espacio de vida nocturna LGBTQ+ de esta escala que funcione con esta continuidad. Bogotá tiene, en ese sentido, algo genuinamente excepcional.
El complejo está en Chapinero, que es históricamente el barrio de la diversidad sexual en Bogotá y que ha sobrevivido a varias décadas de transformación urbana manteniendo esa identidad. Theatron no existiría en otro barrio de la ciudad de la misma manera, porque el contexto importa y el barrio le da un suelo que otro lugar no tendría.
Las salas tienen géneros distintos: electrónica, reggaetón, música drag, pop latino, y combinaciones que cambian según la noche. Eso permite que cinco mil personas compartan espacio sin que nadie tenga que negociar su música con los demás. La arquitectura del lugar resuelve el problema de la diversidad dentro de la diversidad.
Que Colombia sea el país que produjo a Theatron tiene sus lecturas. Es el mismo país que tiene en algunas regiones una violencia sistemática contra personas LGBTQ+. La coexistencia de esas dos realidades no es una contradicción colombiana exclusiva, pero aquí tiene una escala y una visibilidad que hacen difícil ignorarla.
Theatron existe porque Bogotá decidió, en algún momento, que podía existir. En la escala que tiene, en el barrio donde está, con la continuidad que lleva: eso no ocurre por accidente sino por una acumulación de decisiones individuales y colectivas que merecen ser reconocidas.