El mercado de flores más grande de Colombia abre antes del amanecer. Eso solo ya filtra a quienes van a comprarlo como experiencia de las seis de la mañana de quienes van a comprar algo. La diferencia en lo que uno ve a esas horas, cuando el mercado trabaja para sus propios fines, es considerable.
Paloquemao no es solo flores. Es un mercado de abastos de los que todavía funcionan con la lógica antigua: mayoristas, minoristas, restaurantes, cocineros que llegan a las cuatro de la mañana a elegir el producto antes de que llegue el resto. El volumen de lo que pasa por ese espacio en pocas horas es difícil de imaginar desde afuera.
Las flores colombianas tienen un mercado internacional que pocos países pueden igualar en volumen. Que ese mismo producto sea accesible en un mercado local a precios que no tienen nada que ver con lo que cuestan fuera del país produce una disonancia que no es exclusiva de las flores pero que en Paloquemao se vuelve muy visible.
El mercado está en el centro-occidente de Bogotá, en una zona que no está en el circuito turístico estándar. Llegar requiere intención. Los que llegan por la mañana temprano encuentran una ciudad que funciona sin audiencia, que no está siendo consumida sino siendo ella misma.
Un mercado que trabaja de madrugada para alimentar y adornar una ciudad de ocho millones de personas no necesita ser descubierto por nadie: ya sabe lo que es. El visitante que llega lo entiende o no lo entiende, pero el mercado seguirá funcionando en cualquier caso.