Existe. Eso es lo primero que hay que decir, porque hay gente que preferiría que no. En Bogotá y en Medellín funcionan tours que recorren los lugares vinculados a Pablo Escobar, y tienen demanda suficiente como para que sigan operando. La industria del narcoturismo es real y tiene sus propias reglas.
El debate que genera es conocido: para una parte de Colombia, convertir la violencia en producto turístico es una falta de respeto a las víctimas y una romantización de algo que destruyó generaciones. Para otra parte, y especialmente para quienes vienen de fuera, es historia reciente que quieren entender en el lugar donde ocurrió.
Lo que rara vez se discute es la calidad de lo que se ofrece. Un tour de Escobar no es necesariamente un ejercicio de comprensión histórica. Con frecuencia es espectacularización: el narco como estrella, la violencia como emoción, Colombia reducida a un capítulo de serie de televisión que el turista ya vio antes de aterrizar.
Los colombianos que trabajan en estos tours tienen sus propias posiciones, que van desde el pragmatismo puro hasta la incomodidad visible. La demanda existe y genera ingresos. Pero pocos de quienes lo organizan dirían que es su modo favorito de explicar el país.
El turismo de Escobar dice más sobre qué buscan ciertos visitantes que sobre qué tiene Colombia para ofrecer. Si entiendes eso antes de decidir si vas o no, al menos lo estás haciendo con los ojos abiertos.