No es un restaurante. Eso lo dicen ellos mismos, y tienen razón, pero tampoco es exactamente lo que uno imagina cuando escucha la alternativa. Es un lugar que empezó siendo una parrilla de carretera en Chía, a las afueras de Bogotá, y que con los años se convirtió en algo para lo que el español no tiene una palabra precisa.
El espacio está construido con una acumulación de objetos, luces, niveles y ruido que bordea el caos pero que funciona con una lógica interna propia. Hay música en vivo, hay pistas de baile, hay comida, hay gente que lleva horas y gente que acaba de llegar. El desorden es el orden. La escala lo hace posible y también lo hace difícil de digerir.
Andrés Jaramillo, el fundador, construyó esto desde una visión personal que mezcla exuberancia colombiana, referencias culturales de toda procedencia y una teatralidad que en otros contextos sería excesiva. Aquí es la norma. El resultado es un lugar que no podría existir en ningún otro país ni probablemente en ninguna otra ciudad.
El visitante que llega buscando cenar tiene que entender que está llegando a otra cosa. La carne es buena, el servicio es eficiente dado el volumen, pero el punto no es la cena. El punto es la experiencia de estar en un sitio que se ha construido sin pedir permiso a ninguna categoría gastronómica ni a ningún referente internacional.
Andrés Carne de Res es Colombia funcionando a su propia frecuencia. Se puede encontrar redundante, se puede encontrar fascinante, pero es difícil salir de allí indiferente, que ya es más de lo que ofrecen la mayoría de lugares.