Sale de Berlin Hauptbahnhof a las 21:47 y llega a Viena a primera hora de la mañana siguiente. El Nightjet —el servicio de trenes nocturnos de los ferrocarriles austriacos— cubre esa ruta con una regularidad que los viajeros entre las dos capitales han redescubierto en los últimos años, a medida que el avión fue perdiendo parte de su automatismo como única manera de moverse por Europa.
Hay tres opciones de billete: el asiento convencional, el coche cama con literas compartidas, y el compartimento individual. La diferencia entre las tres experiencias es la diferencia entre dormir mal, dormir bien y dormir razonablemente. El compartimento individual tiene lavabo propio, cena ligera incluida, y la posibilidad de cerrar la puerta y que el tren sea por unas horas el único lugar en el mundo donde nadie puede localizarte si no quiere ser localizado.
El trayecto pasa por Dresden y por otras ciudades intermedias, y en las paradas de madrugada hay ese silencio particular de los andenes vacíos que solo existe de noche. El tren sigue, los pasajeros dormidos apenas lo notan, y Alemania va quedando atrás por la ventana mientras la oscuridad hace imposible distinguir dónde termina una cosa y empieza la otra.
El argumento del tren nocturno frente al avión es en parte ambiental y en parte logístico: se sale del centro de una ciudad y se llega al centro de la otra, sin aeropuertos en las afueras, sin el ritual de la seguridad, sin la deshumanización comprimida de dos horas en un avión de bajo coste. El tiempo que se invierte —una noche entera— es también tiempo que se usa para descansar, lo que cambia el cálculo.
Berlín a Viena en tren nocturno es uno de los viajes europeos que todavía tienen algo de viaje. La llegada a Viena a primera hora, con el café del coche restaurante y la ciudad apareciendo por la ventana, tiene una cualidad que el aeropuerto de Schönefeld no puede ofrecer. Vale la pena hacerlo al menos una vez, y una vez suele ser suficiente para repetirlo.