Existe. Bajo las tiendas de ropa y los hoteles de cadena de Unter den Linden, entre el Memorial del Holocausto y la Puerta de Brandeburgo, en una de las avenidas con más carga histórica de Europa, hay un Hard Rock Café. Existe con toda la normalidad del mundo, con su logo de guitarra en la fachada y sus camisetas en el escaparate, sin ninguna conciencia de la ironía de su ubicación.
Unter den Linden fue el eje del Berlín imperial, luego del Berlín nazi, luego del Berlín de la DDR. Por aquí desfilaron tropas, pasaron cortejos fúnebres de estado, transitaron los coches oficiales de cuatro regímenes distintos. Los edificios que quedan cuentan esas capas si uno sabe leerlas. El Hard Rock Café no lee nada; simplemente existe en su propio sistema de referencias, que es el de la franquicia global y sus guitarras firmadas.
No hay nada que reprocharle al Hard Rock Café que no haya que reprocharle a la mitad del comercio que rodea la Puerta de Brandeburgo. El entorno se ha convertido en una zona de representación donde los grandes operadores turísticos tienen su cuota y los berlineses reales van lo menos posible. El Hard Rock es el síntoma más legible de ese proceso, no la causa.
Lo que resulta interesante, si uno tiene estómago para la ironía, es sentarse en la terraza con una cerveza y mirar la avenida. La Unter den Linden tiene todavía su escala, sus tilos, sus fachadas neoclásicas restauradas. Y por esa avenida pasan turistas de todo el mundo, guías con paraguas de colores, estudiantes de intercambio, y algún berlinés que ha quedado allí porque es céntrico. Todos ignorando mutuamente el peso específico del suelo que pisan.
El Hard Rock Café Unter den Linden no merece visita, merece observación. Es uno de los indicadores más fieles de lo que le ocurre a cualquier centro histórico cuando el turismo supera cierta densidad: la historia se convierte en decorado y el decorado acepta cualquier inquilino. Berlín lo sabe y lo deja pasar, como lo dejan pasar todas las ciudades que tienen algo que enseñar.