El Berghain es el domingo, dice su propio artículo, y eso es verdad. Pero el viernes por la noche es otra cosa, y esa otra cosa merece su propio espacio. El viernes es la entrada, el principio, el momento en que la semana de trabajo se disuelve y Berlín vuelve a ser lo que sus habitantes más jóvenes —y los menos jóvenes que todavía resisten— necesitan que sea. La cola empieza antes de medianoche y puede durar horas.
A las doce de la noche, la Revaler Straße está en un estado intermedio. Los trenes de cercanías pasan todavía. Hay grupos esperando fuera, callados, fumando, con la ropa que han elegido con una mezcla de indiferencia calculada y consciencia de lo que se espera en la puerta. El portero —Sven, legendario durante años— o quien esté esa noche tiene el mismo poder que siempre: decidir en tres segundos quién entra y quién no.
El rechazo en el Berghain un viernes por la noche tiene una cualidad particular: no humilla, pero tampoco explica. Te miran, a veces dicen algo en alemán, a veces no dicen nada, y el grupo da media vuelta. La ciudad tiene otros clubs —el Tresor, el Watergate, el Sisyphos— y la noche no ha terminado. Pero el rechazo tiene su peso, y quien diga que no lo tiene está mintiendo.
Dentro, el viernes empieza más contenido que el sábado por la noche o el domingo de resaca y resistencia. Hay más gente nueva, más visitantes que no conocen los códigos, más teléfonos que intentan grabarlo todo antes de que les pidan que los guarden. Los habitués lo saben y esperan al sábado. El viernes tiene su propio encanto justamente porque todavía no ha alcanzado la temperatura del club a pleno rendimiento.
Un viernes por la noche en el Berghain es la promesa, no el cumplimiento. El cumplimiento viene después, cuando el sábado llega y la noche lleva horas dentro de sí misma. Pero la promesa tiene su valor: la ciudad entera huele a ese umbral, a ese momento antes de que la semana quede completamente atrás. El Berghain solo lo convierte en arquitectura.