Salchicha de cerdo, curry en polvo, ketchup. La currywurst es la comida de Berlín con menos pretensiones posibles y el Curry 36, en Mehringdamm, es probablemente el puesto más conocido de la ciudad para comerla. La cola es constante a ciertas horas —especialmente de madrugada— y el ritual es siempre el mismo: papel encerado, tenedor de plástico, salsa encima, curry en polvo por arriba.
La currywurst tiene su historia propia dentro de la ciudad: hubo una mujer que la inventó en los años cuarenta mezclando lo que había disponible en la posguerra, y desde entonces el plato se convirtió en símbolo del oeste de la capital. En el este no existía porque los ingredientes no circulaban de la misma manera. Una salchicha como marcador político: Berlín tiene esa tendencia a convertir cualquier cosa en metáfora.
El Curry 36 no tiene decoración digna de mención. Hay una ventanilla, hay una plancha, hay el hombre o la mujer que corta la salchicha con tijeras —siempre con tijeras— y añade la salsa con una cuchara grande. Hay unas mesas altas de metal fuera. No es un sitio donde te sientes a comer; es un sitio donde comes de pie mientras el frío o el calor de la noche berlinesea te rodea.
A las cuatro de la mañana, después del club, la currywurst funciona como anclaje: es algo caliente, algo sólido, algo que sabe exactamente como tiene que saber. No sorprende, no experimenta, no aspira a nada más que a ser lo que es. En una ciudad donde la escena nocturna puede volverse abstracta con facilidad, ese gesto concreto —papel, tenedor, salchicha, salsa— resulta casi reconfortante.
La currywurst del Curry 36 no es la mejor del mundo ni pretende serlo. Es la correcta, en el momento correcto, en el sitio donde tiene sentido comerla. Hay una diferencia entre lo que se valora de noche después de bailar cinco horas y lo que se valora de día con hambre de turista. El Curry 36 existe para lo primero, y eso lo hace honesto.