La primera autopista construida como circuito de carreras es hoy una autovía urbana donde la gente va al trabajo. El AVUS —Automobil-Verkehrs- und Übungs-Straße— se inauguró en 1921 como pista de pruebas y circuito de competición, con una curva norte tan cerrada que durante décadas fue la más rápida y peligrosa de Europa. Lo que fue una proeza de ingeniería es ahora la A115 en su tramo berlinés, llena de sedanes y furgonetas de reparto.
Si miras bien mientras conduces, puedes ver los vestigios. Las dos rectas paralelas —la pista de ida y la de vuelta— tienen una separación que no tiene sentido en una autovía convencional. El trazado es demasiado recto, demasiado deliberado. La tribuna norte ya no existe, pero el terraplén que la sostenía todavía se intuye en el paisaje cuando sabes lo que estás buscando.
Durante el Tercer Reich, las carreras en el AVUS se convirtieron en demostración de poderío tecnológico. Las flechas plateadas de Mercedes y Auto Union alcanzaban velocidades que entonces parecían imposibles. Era propaganda con ruedas, y funcionaba. El mundo miraba a Alemania y veía ingenios que rompían récords mientras el régimen avanzaba hacia otra parte.
Después de la guerra, el AVUS quedó en el lado occidental y se siguió usando como circuito hasta los años sesenta. Luego la ciudad creció, los vecinos protestaron, y lo que fue arena de velocidad pura se convirtió en infraestructura cotidiana. Es una conversión muy alemana: lo que sirvió se recicla, se integra, no se destruye del todo.
Circular por el AVUS sin saber lo que es resulta completamente banal. Sabiéndolo, tiene algo de extraño: estás conduciendo sobre una pista de carreras histórica a ochenta kilómetros por hora detrás de un camión de mudanzas. Berlín hace eso con frecuencia: convierte lo excepcional en rutina sin que nadie se disculpe por ello.