Los pinchos de escorpiones de Wangfujing no son un plato tradicional. Son una atracción, un souvenir comestible, una performance de exotismo calculada para el visitante que quiere llevarse una historia de vuelta a casa. Los escorpiones fritos en brocheta llevan en esa calle el tiempo suficiente para que nadie recuerde exactamente cuándo aparecieron, pero no el tiempo suficiente para que ningún pekinés los considere parte de su cocina.
La calle Wangfujing es la avenida comercial principal del centro de Pekín, el equivalente local de cualquier calle peatonal de capital europea donde las marcas globales se alinean sobre un suelo de adoquín bien mantenido. El mercado de snacks que se instaló en sus alrededores responde a la lógica de toda concentración turística: si hay gente con disposición a gastar y a sorprenderse, alguien proveerá la sorpresa.
La cocina china real tiene curiosidades suficientes sin necesitar inventar nuevas. Los intestinos, las patas, las partes que en otras cocinas no llegan al plato: eso existe y tiene historia. Lo que ocurre en Wangfujing es distinto: es la teatralización de lo raro para consumo externo, lo cual tiene su honestidad propia pero no tiene nada que ver con cómo come Pekín.
El escorpión frito no sabe a nada particular. Eso es parte del punto: la experiencia es el acto de comerlo, la foto que documenta el acto, y el relato que viene después. El sabor es secundario, casi irrelevante. Es una mecánica que funciona con exactamente el mismo principio en los mercados de insectos de Bangkok, en los puestos de cobra de Hanói o en cualquier lugar donde el turismo haya identificado que el asco performativo tiene mercado.
Los escorpiones de Wangfujing son la ciudad diciéndote lo que cree que quieres ver de ella. Que eso no sea verdad no lo hace menos interesante como fenómeno: es el autorretrato que Pekín ofrece al visitante que no sabe pedir otra cosa. El resto de la ciudad está disponible para quien prefiera buscarla sin la brocheta.