La calle Guijie no cierra. Eso no es marketing: es una descripción literal de cómo funciona. Los restaurantes que bordean esta calle del distrito Dongcheng tienen licencia para operar de madrugada y la usan, porque hay demanda a las dos de la mañana que no existe a las ocho de la tarde. Pekín tiene una economía nocturna que no necesita que nadie la anime.
La especialidad de la calle es el cangrejo picante, el langostino picante, cualquier cosa que venga en salsa roja y que requiera babero y guantes de plástico. Las mesas de la calle se llenan cuando el resto de la ciudad lleva horas durmiendo, y el ruido que producen —conversación, bebida, el sonido de las cáscaras en los cubos de plástico— es el sonido específico de Pekín de madrugada.
Guijie es una calle de barrio que se convirtió en destino sin pretenderlo. Los restaurantes que hay ahora son más grandes y más conocidos que los que había hace veinte años, pero el modelo sigue siendo el mismo: cocina de la calle elevada a local con sillas, precios sin pretensiones, porciones que no son para un solo comensal. Es comida para compartir a una hora en que la guardia ya está baja.
A medianoche, el clientela mezcla turnos de noche que terminan, grupos que vienen de bares, familias que tienen el horario girado, conductores de aplicaciones que aprovechan el descanso. No hay perfil dominante; hay hambre y hay una calle que la resuelve sin ceremonias. El camarero que te anota el pedido a la una de la mañana tiene la misma energía que a las siete de la tarde.
Guijie a medianoche es la ciudad sin su capa de presentación. Sin el decoro de las horas normales, sin el turismo que organiza la experiencia, sin la distancia que pone el día entre lo que Pekín es y lo que quiere parecer que es. Solo la calle, los langostinos, y la certeza de que aquí nadie se va a dormir todavía.