Los hutongs de Dongcheng son los callejones que el urbanismo del siglo XX no consiguió borrar del todo. Sobrevivieron por mérito propio, por presión vecinal, por declaraciones de protección que llegaron tarde pero llegaron. Hoy son el argumento más repetido sobre la Pekín histórica, lo cual ha creado una nueva paradoja: los callejones que sobrevivieron al bulldozer ahora sobreviven al turismo.
Un hutong en Dongcheng tiene una escala que la avenida no tiene. Las paredes grises de ladrillo a dos metros de distancia, las puertas rojas con los pares de leones de piedra, la ropa tendida entre las ventanas de los patios interiores. La vida que pasa dentro de los siheyuan no es visible desde la calle, pero sus señales sí: el olor a comida a mediodía, el sonido de la televisión por la tarde, el humo de carbón en invierno que sube de las chimeneas de los edificios que todavía no tienen calefacción central.
La dinastía Yuan planificó los hutongs con una lógica que todavía es legible en el mapa: callejones paralelos, orientados de este a oeste para el sol, conectados por ejes norte-sur. Esa cuadrícula resistió a la cuadrícula moderna de avenidas que Mao trazó sobre la ciudad. Los hutongs son una ciudad dentro de la ciudad, con su geometría propia que sigue siendo operativa.
El problema es la presión sobre los que quedan. Los hutongs más cerca del centro han visto cómo los vecinos de toda la vida son sustituidos por cafeterías con diseño, hostales para mochileros y tiendas de ropa con rótulos en inglés. El hutong como contenedor de vida cotidiana se convierte en hutong como escenografía de una idea de Pekín que ya no vive ahí.
Los hutongs que todavía funcionan como barrio están en las zonas donde el diseño de cafetería todavía no ha llegado. Más al este, más al norte de la Segunda Ronda: ahí los pares de leones de piedra no son decoración sino señal de que alguien vive detrás. Esa es la diferencia que vale el esfuerzo de buscarla.