Panjiayuan se presenta como el mercado de antigüedades más grande de Asia, lo cual es cierto si no preguntamos demasiado sobre la procedencia de las piezas. Hay cerámica Ming, cerámica Qing, cerámica que parece Ming y Qing pero que salió de un horno hace menos de un año. Saber la diferencia requiere años de práctica o el acompañamiento de alguien que ya los tiene.
El mercado funciona de madrugada los fines de semana, cuando los vendedores llegan con furgonetas y despliegan sobre mantas lo que han conseguido durante la semana. Esas primeras horas, antes de que llegue el flujo turístico, son cuando pasan cosas: los coleccionistas profesionales negocian deprisa, las piezas buenas desaparecen antes de las ocho, y el precio tiene todavía una relación con la realidad antes de que el vendedor calibre quién está mirando.
La cerámica imperial tiene una historia material que no se puede separar de la historia política. Las piezas del Palacio Imperial, del Templo del Cielo, de los palacios de verano, dispersadas por décadas de convulsiones. Panjiayuan es el lugar donde parte de esa dispersión se hace visible, donde los objetos vuelven a circular. No todo tiene documentación y no todo la puede tener.
El consejo real, que nadie da porque arruina el negocio, es no comprar nada caro sin verificación independiente. Hay expertos que ofrecen ese servicio, hay museos con departamentos de estudio, hay mecanismos para saber lo que tienes. Saltarse ese paso porque la pieza es bonita o porque el precio parece irresistible es el error que cometen el noventa por ciento de los compradores ocasionales.
Panjiayuan vale la visita sin comprar nada. El mercado como lectura de lo que una sociedad guarda, vende, descarta y recupera dice más sobre China que cualquier explicación histórica. Camina, mira, toca lo que te dejen tocar, y llévate solo lo que puedas verificar.