La sección más restaurada, más turística y más fotografiada de la Gran Muralla existe en una tensión permanente entre lo que es y lo que representa. Badaling está a una hora de Pekín en tren, tiene teleférico, tiene restaurantes, tiene tiendas de souvenirs y tiene, en temporada alta, una densidad de gente que convierte el paseo en algo parecido a una manifestación lenta en pendiente.
La muralla restaurada brilla con una perfección que la muralla original nunca tuvo. Las piedras están bien colocadas, los parapetos son sólidos, los escalones no se mueven. Es una reconstrucción honesta en el sentido de que no pretende ser otra cosa, pero la diferencia con una sección sin restaurar es la diferencia entre un documento histórico y su edición para libro de texto. El paisaje que la rodea, eso sí, no lo ha tocado nadie: montañas peladas, cielo enorme, un silencio que baja desde el norte.
Badaling fue la primera sección abierta al turismo masivo y lleva décadas cargando con ese papel. Por aquí han pasado jefes de Estado, astronautas, delegaciones de todo el mundo en visita oficial. Es la muralla del protocolo, la que sale en las fotos institucionales. Eso le da una dimensión que va más allá del turismo ordinario: es un símbolo que el propio Estado chino gestiona con cuidado.
El truco que sabe cualquier persona que haya venido más de una vez es llegar al amanecer o en temporada baja. A primera hora de la mañana, en un día entre semana de noviembre, Badaling puede estar casi desierta. El frío ayuda: los escalones de piedra cubiertos de escarcha y el horizonte gris hacia el norte hacen que la muralla recupere algo de su escala real, que es la escala de una obsesión colectiva de siglos.
Ver Badaling lleno de gente no es ver la muralla de menos: es ver China de verdad. Un país que ha convertido su símbolo más pesado en un destino de excursión familiar, con teleférico y bocadillo, sin disculparse por ello. Hay algo completamente honesto en eso que los discursos sobre autenticidad no consiguen ver.