El distrito 798 se presenta como el barrio del arte de Pekín, que es una manera elegante de decir que en sus naves industriales conviven galerías serias, tiendas de diseño con precios de Zurich y cafeterías que venden lattes a ocho dólares. La fábrica de municiones de los años cincuenta sigue ahí debajo, en la arquitectura Bauhaus soviética, en las tuberías aéreas que ya nadie usa para nada. De día es un circuito de fin de semana; de noche es otra cosa.
Cuando cierran las galerías principales, el barrio no se vacía: se calibra. Quedan los estudios de artistas que trabajan con la puerta entreabierta, las salas de proyecciones donde se presentan trabajos que no están a la venta, los bares que funcionan sin horario visible. El frío de Pekín en invierno convierte cada espacio iluminado en un imán; entras no por el arte sino porque afuera hace un frío que no perdona.
798 nació como zona industrial planificada y durante décadas fue exactamente eso. Los artistas llegaron cuando los alquileres eran bajos y el Estado miraba hacia otro lado. Luego llegó la atención internacional, los alquileres subieron, y el ciclo que conocemos bien en cualquier ciudad del mundo se repitió con precisión matemática. Lo que queda es un equilibrio inestable entre institución cultural y parque temático del arte contemporáneo chino.
Lo que los guías no cuentan es que las galerías más interesantes no tienen letrero en la calle. Están en las naves traseras, en las callejuelas que quedan fuera del mapa turístico oficial. Un artista residente te puede llevar o no llevarte: depende de si le pareces alguien que va a comprar o alguien que va a entender. La diferencia importa.
798 de noche es la versión sin público de sí mismo. Sin el flujo de visitantes con cámara, lo que queda es un barrio que todavía trabaja, que todavía discute, que todavía produce algo que no está pensado para la postal de mañana. Eso es raro en cualquier ciudad; en Pekín, más.