Los domingos por la mañana, el mercado se transforma en feria de libros de segunda mano, vinilos, cómics y revistas antiguas. El Dominical lleva más de un siglo montándose alrededor del edificio, y sobrevivió incluso a los largos años de obras en que el mercado se mudó a una carpa provisional sin perder ni una sola cita.
El edificio en sí ya merece la visita: una enorme estructura de hierro del siglo XIX, recién restaurada, con forma de cruz ocupando una manzana entera del Eixample. Es uno de los buenos mercados de la ciudad, de los de verdad, donde entre semana se compra carne, pescado y verdura a vendedores de toda la vida.
Pero el domingo es otra cosa. Coleccionistas con la mirada entrenada, lectores sin prisa, gente buscando el tebeo que tuvo de niño o el disco que perdió en alguna mudanza. No es un mercadillo de souvenirs ni de baratijas: es papel y vinilo de verdad, removido y renovado cada semana por quien sabe exactamente lo que caza.
Hay algo profundamente antiguo y profundamente sano en todo ello. En una época en que todo se compra con un clic y se descarga en un segundo, aquí la gente dedica una mañana a rebuscar despacio en cajas, a tocar el papel, a regatear, a charlar con el que vende. El placer está en el proceso, no en la transacción.
Una mañana de domingo entre cajas de libros, sin prisa, es de los planes más honestos que ofrece la ciudad. No cuesta nada mirar, casi nada comprar, y te llevas algo que alguien tuvo antes que tú. El Dominical de Sant Antoni no se inventó para nadie: se heredó, y se sigue heredando cada semana.