En el Eixample, donde el Eixample todavía funciona. Un edificio modernista por dentro, con sus suelos de mosaico hidráulico, sus techos altos y sus molduras, reconvertido en hotel sin arrasar nada de lo que ya tenía de bueno. Lo difícil no fue decorarlo: fue saber qué no tocar.
Praktik hace bien una cosa que parece fácil y casi nunca lo es: dar diseño a precio razonable sin que parezca un truco ni una rebaja. Las habitaciones son pequeñas, sí, pero están pensadas hasta el último centímetro, y eso vale más que muchos metros cuadrados mal aprovechados.
Hay un patio interior donde desayunar tranquilo, lejos del ruido de la calle, y detalles que demuestran que alguien se preocupó: la cerámica, la luz, los libros. No es lujo, es atención, que es lo que de verdad escasea en la hostelería de su rango.
Y la ubicación remata la jugada. Estás en el corazón del Eixample, con Casa Batlló y la Pedrera a un paseo, en el barrio que Cerdà diseñó como una cuadrícula perfecta y que, pese a todo, sigue siendo uno de los lugares más cómodos del mundo para vivir o para alojarse.
Diseño sin pretensión, que es el diseño más difícil de todos. Praktik no te cobra por la palabra boutique ni te vende una experiencia con mayúsculas. Te da una habitación bonita en un edificio bonito a un precio que tiene sentido, y luego te deja salir a la ciudad, que es a lo que has venido.