El teatro griego excavado en la falda de Montjuïc. Se construyó para la Exposición Internacional de 1929 imitando un anfiteatro clásico, aprovechando una antigua cantera, y el truco salió tan redondo que la ciudad decidió quedárselo para siempre.
No es una ruina auténtica y nunca pretendió serlo. Es un escenario al aire libre rodeado de vegetación, con las gradas de piedra encajadas en la ladera, donde el telón de fondo es el cielo de la noche barcelonesa en lugar de una pared pintada.
Cada verano da nombre al Grec, el gran festival de la ciudad, que durante semanas llena Montjuïc y media Barcelona de teatro, danza, música y circo. Mientras abajo la ciudad hierve de calor y de turistas, aquí arriba pasa lo otro: la cultura que los barceloneses todavía hacen suya.
Ver una función en el teatro de la cantera, al aire libre, con la piedra aún caliente del sol del día y la brisa que sube de la ciudad al anochecer, es una experiencia que no tiene nada que ver con una butaca con aire acondicionado. El sitio hace la mitad del trabajo antes de que empiece la obra.
El verano de Barcelona tiene su escenario en la roca. No es un teatro romano de verdad, de acuerdo, pero hace casi un siglo que actúa como si lo fuera, noche de verano tras noche de verano, y a estas alturas se lo ha ganado de sobra. La autenticidad, a veces, también se construye con el tiempo.