La cervecería que cambió lo que se bebía en esta ciudad. La fundaron dos americanos en una nave de Poblenou cuando en Barcelona cerveza artesana significaba todavía cuatro frikis, una garrafa y muchas explicaciones para justificar el precio.
Llegaron con el oficio aprendido al otro lado del Atlántico, donde la revolución cervecera ya tenía veinte años de ventaja, y se pusieron a hacer las cosas en serio. IPAs, stouts, cervezas con nombre y con carácter, en un país donde cerveza era sinónimo de caña rubia sin apellido servida helada para que no supiera a nada.
Y ganaron. Premios internacionales desde aquel local industrial reconvertido, en certámenes donde nadie esperaba ver una bandera española. De golpe la ciudad descubrió que la cerveza podía ser algo más que el acompañamiento anónimo de las bravas.
Detrás de ellos vinieron veinte más. Hoy Barcelona tiene una escena cervecera entera, con sus bares de tirador, sus fábricas pequeñas y su público exigente, y casi todo eso empezó a moverse cuando Edge demostró que se podía. Abrieron una puerta por la que después entró mucha gente.
El cambio empezó en una nave de Poblenou, no en una junta de marketing. Edge fue la prueba de que en Barcelona había sed de algo mejor y de que nadie, hasta entonces, se había molestado en servirlo. A veces una ciudad solo necesita que alguien de fuera le enseñe lo que tenía delante.